LA CIUDAD DE HUMO
Actualizado: 22 jul
Ensayo sobre la artista Pilar Vargas. (Publicada en El Espectador en 2020).

Tomo prestado el título de la novela de Sebastián Chalela, artista plástico y escritor, para hablar de otra artista plástica nacida en Bogotá, Pilar Vargas, y de una de las series más inquietantes que ha producido en su fértil carrera artística: Ciudad latina.
I.
La serie la constituyen siete piezas de distintos formatos en los que se ven paisajes sombreados. Mirados a la distancia dijéranse obras de carboncillo sobre papel, y algo de eso hay en cada pieza. Pero hay más, mucho más. Tras una intervención de la hoja en blanco por parte de la artista, se deja teñir el papel –durante seis, siete, ocho meses– por la polución de la ciudad, hasta cuando la artista y la contaminación le ponen punto final a la obra.
II.
La contaminación de la ciudad dibuja la obra, delineando paisajes reconocibles o ignotos, distantes o remotos; imaginarios y, sin embargo, posibles. Los ingenuos y los cortos de vista creen que la artista vende contaminación y vende humo, pero de lo que quizás no se percatan es de que en esa contaminación y en ese humo hay también carboncillo de los lápices que el tiempo roe en el taller de la artista, y hay trazos de lluvia evaporada y restos de escamas de peces, de basura quemada y de plásticos reciclados, de contaminación de las industrias y de desechos humanos, sí, pero hay también suspiros de los amantes dejados caer a las tres de la tarde en el banco de una plaza y besos que se roba el viento, hay penas sin cicatrizar y llantos de ayer, hay residuo del óxido de los clavos con los que crucificaron a Cristo, hay agua con la que se lavó las manos Poncio Pilatos y hay arena que el viento de El Cairo le robó a las pirámides de Egipto. Hay ecos solitarios que se profieren en las esquinas de los bares, atardeceres que conoció el mundo hace tres mil quinientos años, gotas transfiguradas del océano mar, y hay un beso sonoro e inverecundo que hace muchos siglos le dio Cleopatra a Marco Antonio. Y hay también monólogos que los vientos de los cerros, en luengo peregrinaje, le envían a Laura, mi novia, allende los mares. Porque nada se pierde, todo se transforma.
III.
Todo ello está contenido en el universo de un paisaje de treinta centímetros de ancho por cuarenta de largo, o de veinticuatro por treinta y seis...; quienes se empeñan en ver una hoja contaminada no perciben ni justiprecian la profundidad de estas piezas que causan tanto asombro como desconcierto.
IV.
Se asemeja esta propuesta a la que apreciamos en Gordura vegetal hidrogenada, título de un disco de culto que en el año mil novecientos noventa y cinco lanzó la agrupación argentina Reynols, liderada por un mongólico, el ilustre e ingenioso Miguel Tomasín. Cuando adquiría el disco, constataba con desencanto el comprador que no había disco y desilusionado volvía a la tienda a exigir el disco o la devolución del dinero. Los melómanos, en cambio, pronto se percataban de que les habían vendido los sonidos del mundo, porque poniendo (o no poniendo) el disco en el equipo de sonido podían escuchar el rumor de los vecinos, el ruido de los carros que pasaban por las avenidas, los gritos de los niños que jugaban en el parque, los lamentos de los afligidos, las penas de los desdichados y las alegrías de los enamorados. Y todo ello estaba ahí, si se tenía el oído bien dispuesto para escuchar; todo estaba encerrado en esa caja vacía que hace un instante se había adquirido en la discotienda.
V.
Lo mismo que en los cuadros de Pilar Vargas, o casi. Porque éstos seducen la vista, aquél hablaba al oído. Pilar Vargas sostiene que la idea de la obra es reminiscencia de los paisajes de su infancia (la Sogamoso de sus abuelos), rodeada como creció cerca de unas canteras que la explotación minera iba raspando con la impaciencia de una dinamita y de una maquinaria que, incesantes, roían los montes. También en Soacha, en donde transcurrieron sus primeros años de vida, una nube de polvo lo nimbaba todo; un atardecer amarillo iluminaba los ocasos. El polvo era resultado de la degradación sin fin del paisaje. Y en las noches, allá en la lontananza, se atisbaba el humo que desprendían las chimeneas de la zona industrial, en hilos negros y blancos que difuminaron el verde que entonces tenían las montañas. El polvo se fue posando, capa tras capa, sobre el paisaje circundante, velando la belleza que aún tenía el lugar. Estaba, pues, en germen la serie de Ciudad latina; estaba la idea. La contaminación hizo la obra.
VI.
En la actualidad la artista reside en Brasil, en donde estudia una maestría en lenguajes visuales contemporáneos y en donde desarrolla un trabajo en el que prevalecen la mirada sobre el paisaje y los elementos antrópicos que día a día lo transforman.
VII.
La paradoja de Ciudad latina, serie hermosa y conmovedora, es que mediante esta alegoría de la destrucción del mundo a lo largo de los siglos Pilar Vargas creó unas obras que no se dejarán vencer por el paso del tiempo.




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